Eres
mi DEBILIDAD. Puede que sea buena idea ir aceptando este hecho
irrefutable después de un año jugando al escondite contigo. Siempre me ha
gustado mantener intacta mi versión infantil de mi misma, por eso me encanta
jugar, pero no me apetece seguir escondiéndome de ti, ni tener que buscarte en
cada rincón. Podríamos cambiar de juego, de hecho una tarde de parchis si es
contigo y entre sábanas ya me sirve. Te dejaría contarme los poros cada vez que
me comieras una ficha, y me dedicaría con ahínco y esmero a sacar tres seises
seguidos para poder mover mis fichas hasta casa, a esa calma entre tus brazos, que
se convierte en mi morada cuando estás cerca.
No
quiero subir más cuestas contigo, me apetece coger carrerilla y dejarme llevar
de tu mano hasta donde alcancen nuestras ganas, que sé que son muchas. Y es que
no tiene ningún sentido ir matando ganas en este mundo ya de por sí tan
apático, ¿no crees?
Todas
me parecen razones de sobra para seguir cerrando puertas al resto de humanos. Por
que yo sólo quiero abrirte ventanas a ti, por más que haya intentado negármelo
un millón de veces. Sé que quizá sea una obsesión absurda e incluso insana,
pero prefiero aceptarla y lidiar con ella, que mirar hacia otro lado. Me cansa
mirar hacia otros lados, sobretodo cuando no veo nada que llame mi exigente
atención.
Dicen
que el viernes va a llover y solo se me ocurre una manera de pasar la tarde
entretenida: escurriendo la semana entre tus brazos y lamiendo los
inconvenientes que escondes tras tus lunares; con una copa de cava, como
siempre.
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