Le prometí no volver a acariciarle en sueños, a cambio de una caricia suya despiertos.
Le ofrecí mis ojos para que viera mi visión del mundo distorsionado en el que vivimos.
Le susurré al oído que mientras las mariposas volaran, no pararíamos el tiempo.
Finalmente, acabé vendiéndole mi alma al diablo.
Quizá sea arriesgado, no digo que no... pero asumí toda consecuencia y esperé paciente... un segundo, otro, seguidos de minutos, horas, días, semanas, meses, años... Y me dio por preguntarme, a dónde nos iba a llevar todo eso. Quizá a una realidad alternativa, tal vez a esa otra vida donde todo nos iría mucho mejor. Pero, ¿y si de pronto dejaran de girar las manecillas del reloj? Alguien le pondría una pila nueva o todo habría llegado a su fin, sin más...
Ya sé lo que necesito: un relojero que me ajuste.